19 sept. 2009

2+2? 10

El hombre del traje pardo apresuro su paso. ¿Adonde iras? lunático, sigiloso.

Mientras me descarno los dedos lo contemplo, dirigiéndose hacia un escondite propio de las ratas, si, una rata, ahora se de quien se trata. Y es que en mi memoria poco flota y reluce, son mas bien escasos los recuerdos, recordar…si es que quiero hacerlo. Pero lo vi a el.
Si, ese personaje peculiar, caminando, apresurado entre marismas de personas y voces atronadoras, y recordé quien era.
Hace algún tiempo que olvide mi casa, mi ropa y mis deseos, hicieron los años a un vagabundo miserable, que ni en mirar se esfuerza. Pero al percibir lejanamente esa silueta viril, homogénea y sambombeante, un as de luz me encandiló, un pasado casi ajeno, menos mío que antes, menos que mañana. Y esa persona, un tal "Rique" fue quien me doto de los consejos prematuros, poco sabios, prematuros. Me eran dichos numéricamente, como un tratado, o más bien como una lista fundamental. El dictaba, después escribía, me miraba y escribía, retomaba el papel y dictaba. Era simple, el dicta, el escribe.
Llegue a pensar que Rique era una especie de auto-consejero, una persona abrumada por la soledad y por los pensares pesados de la nostalgia. Quizás su mujer haya muerto, pero no. Mi presencia no equivale a la de una mujer, a menos que intentase perpetrar en mis orificios escondidos. No creo, no, así no es el, y sus gustos están mas bien decantados en la heterosexualidad relativa... aunque nunca se dice que no.
Sin embargo no cesaba, mencionando palabrerías que a mi poco me llenaban. Ni tan siquiera concebía el significado de muchas de ellas.
Persistente. Eso si era, más de lo deseable. Tal vez ese fue el comienzo de mi odio hacia ese ser. Nunca callaba, no lo hacia, aunque debiese, hablaba de mas, o eso creía hacer. Hablaba y no miraba a nadie. Su expresión, frívola y sumergida en los paréntesis no conocía la angustia, el sonrojo, un mínimo gesto de gratitud. Nada.
Me pregunte constantemente durante varios días el porque de mi visita a ese individuo, quien me lo había recomendado, y para que. Ahora deduzco que no fue nada, un idiota mas que con su portento vocal promulgaba en mil cielos su magnifico punto de vista, la perspectiva cóncava de sus súbditos imaginares. Creía que alguien lo escuchaba, que los chamanes lo aguardarían en sus chozas de paja y barro, para iniciar algún tipo de ritual o sacrilegio.
Hoy no se ni quien es Rique, ni quien era, o decía que era. No se ni que soy yo, o en que me convertí, propio de mi conveniencia.
Me llamo Doni. No, así me llamaba. Así me decían las viejas cuando las cruzaba por la calle, regresando del mercado con sus pesados equipajes, sus suministros.
- Doni, ¿podrías ayudarme?
Que ancianas mas desgraciadas, ¿quien me ayuda a mi? Debí pensar que llegaría a la misma situación en las que ellas se encontraban, cargando tumultos de verduras y carnes rojas, necesitadas de un apoyo. No. Yo no lo necesito, no como verduras ni mastico animales. Ni bolsa tengo, ni ropa.
Aquellas venerables viejas me tenían en el barrio por un chiquito mal educado y llorón, como el nieto indeseado, esa fruta podrida en el último cajón de las frutas, el error y la desgracia de cualquier padre corriente. Pero mi familia no era típica, más bien le adjuntaría el sinónimo de "surrealista", "tétrica", basta ya de palabrerio.
Mi nacimiento fue consecuencia de una sucesión de hechos paranormales. Según mi tío Frederick, mamá era enfermera en un centro de rehabilitación, uno de esos lugares de aroma rancio, paredes blancas y una repulsiva fragancia de lejía y amoniaco. Repulsiva para quienes no saben admirar los grandes beneficios del olfato, puestos que ya, el olfato era uno de los sentidos que continuaba funcionando a la perfección en mi. Olía esa señora, azufres. Recorría pasillos incrustados en verticales estructuras rígidas, con puertas a derecha e izquierda. Derecha pares, izquierda impares. Dichas puertas también desprendían un aroma áspero, similar al de la pintura, pero no era pintura exactamente. Puertas blancas, paredes blancas, y yo en un vientre apaleado.
Por eso será que también opte por odiar a mi madre, cinco años, más o menos. Si, a los cinco años surgió mi ira, ese desarraigo por el carisma familiar. Nació en mí como yo en mi progenitora, como fluyen las aguas de un terma avolcanada, tibio, y mas caliente, burbujeante. Hasta que por fin me sentí liberado.
No es que cueste recordar, ya que quiero. Lo realmente atemorizante es que mis recuerdos muchas veces difieren de los hechos concretos, y adoptan un sentido equitativo a mi actual estado. Lo se, pasaron muchos años desde que Rique desnudo sus defectos y los conocí ampliamente, mucho tiempo. Mamá, mamá y sus pasos flacos por laminas de mármol, aquel vestíbulo claro, mamá y su bebe, su engendro indeseado. Yo.

No hay comentarios: