27 abr. 2010

Los sahumerios, la habitación, una llama.
El humo, la herida que inflinge un llanto, esa sensación tan inocua, incandescente, fluida y esponjosa, su dolor y los huesos tibios.
Repasó lívidamente los alrededores, acostado, boca arriba, cara abajo, tal vez.
Y de tanto en cuanto el temor surge, como un relámpago proyectado sobre las vértebras, la alucinación, inducida ardidamente sobre la cobriza coraza del cráneo, dicha luz…palideciendo

simplicidad pi


Comentan que el rumor sucumbe sobre el hastío aroma de los cadáveres,
contemplando los pastizales, donde mil victimas del poderío derramaron entrañas.
El muñeco de plomo ruega mientras la sal marca el surco de su lágrima,
Y una gota mas al fin, despojada de la atroz visión.
Se emerge este esclavo de banderas en el súmmum de la inexistencia,
Sus hermanos, sangre y vísceras. El raído cinturón del que el fusil cuelga…
Ahora su pregunta: ¿Cuál es la verdadera misión?
Nos mantenemos en la duda, esa duda que incita al dolor,
la máxima pena del misericordioso ángel derrocado,
Arrodillado mientras la suplica se hace cenizas entre la muchedumbre pútrida.
Una mosca, posada sobre su pañuelo.
“el ego…” murmuraba, mientras el insecto penetraba en su boca y diluía las palabras, cuales solo supieron ser bocanadas de vapor…