31 ago. 2009

Reposaba delirante una mañana más. La misma cama, las mismas carencias, me dije, me dijeron quienes atravesaron la puerta. Si, estaba solo, solo conmigo, mejor que acompañado por malas ortigas, y tan solo el silencio me hablaba. Porque tratándose de la visita… Era austera. No nombraban, ni vocablos, ni intervenían en mis alucinaciones con gestos amables, apáticos, con alguna gesticulación, por minima que fuese.
No se que harían en mi habitación, si es que estas patas que me sostienen pertenecen a mi lugar de cobijo, si es que mi habitación fue remodelada durante mis horas de sueño, ¿quienes son ustedes?, exclame.
-tranquilo, me decía mi yo, -calma, ciega, no te preocupes, ya queda poco.
Lo sabia, deducía que esto acabaría al fin, lo que fuese, pero obedecía a su final, tal vez destino, o un simple desierto en la deriva que me condujo hasta mi cubo de cemento.
Aun así, con miedo, mantenía mis ojos cerrados, plegados ante la desolación y el desconcierto de desconocer a cada individuo que perpetraba mi calma, los odiaba, si. Ellos me detestarían, en el caso de que este no sea mi sitio. De serlo, querrían algo de mí. No se que, concretamente, pero merodeaban mis alrededores.
Escuchaba sus pasos, de izquierda a derecha, de poniente a oriente, los oía agudamente, como deambulaban, inspeccionando los cajones de mi mecedora, hurgando en mis harapos, en papeles, en infinidad de lugares. Puede que hayan revisado mi anatomía, mis partes o la cabellera. Pero eso ya no importa.
Ahora me percato de que mis brazos son articulables, que aunque con fragilidad, son capaces de estirarse, retorcidos, llegando a mi otra extremidad. Me noto frío, como si la circulación estuviese estancada, desde algunas horas pasadas, o días. Como si la piel tersa hubiese transmutado, corrugada como la tez de una naranja, seca como mis propias lágrimas que ahora caen, también frías, también mías y grises, aunque no las vea.

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