27 abr. 2010

Los sahumerios, la habitación, una llama.
El humo, la herida que inflinge un llanto, esa sensación tan inocua, incandescente, fluida y esponjosa, su dolor y los huesos tibios.
Repasó lívidamente los alrededores, acostado, boca arriba, cara abajo, tal vez.
Y de tanto en cuanto el temor surge, como un relámpago proyectado sobre las vértebras, la alucinación, inducida ardidamente sobre la cobriza coraza del cráneo, dicha luz…palideciendo

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Los caracoles de papel vomitan su éter oscuro, su sinfin de telarañas lingüísticas. Se alimentan de una hierba venenosa, emborrachandose con su fuego alquímico. Entonces todas las palabras quedan quietas, abiertas, inmutables, platónicas en un dinamismo invervalizable, en un éxtasis hiperreal en que tiempo y espacio se consumen en luz divina o falacia opiácea, según se corte el pastel. El problema de estos caracoles es que olvidaron que escribir es siempre una derrota solitaria.

Un abrazo ^^ keep writing!

Mauro Birlangeri dijo...

crudo, y la curda se acaba..
cierto querido chamán, la absurda palabra es el consuelo de la soledad. Disimula el mero sentimiento, y creemos que nos basta.
PAZ